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21 September 2011 @ 01:20 am
Y entonces un volcán hizo erupción regalo para Sini Malfoy! Pt1  
Titulo: “Y entonces un volcán hizo erupción”
Regalo para:siniestramalfoy
Rating: NC-17
Sumary: Harry dormía plácidamente hasta que descubrió que su novio no estaba en la cama con él y que un volcán había hecho erupción… Todo lo que tuvo que sufrir por ello, lo tendrán que leer a continuación...
Advertencias: Slash; Lemmon; datos geográficamente incorrectos, situaciones increíbles e improbables…
Disclaimer: Existe una creadora de este potterverso, y se llama JK, la señora que lucra con esto. Yo, en mi humilde papel de fanática e intento de escritora, solo busco pasar un buen rato escribiendo y que los demás lo disfruten. No se ganará ni un knut partido por la mitad con esto.

Datos del Reto:

Reto #05
Acontecimiento:
Erupción del cordón del Caulli (Chile)
Fecha del Acontecimiento: Junio 2011
Rating máximo: Nc-17
Objeto/ Palabra/ Frases: pociones, lava, lluvia / "necesito esa lava, Potter"
Acción: Expedición "salvaje"


Notas de las Mods: El Lj nos odia y dice que el fic es demasiado largo, así que lo subiremos en dos partes!!




“Y entonces un volcán hizo erupción”




Sábado 4 de Junio de 2011, 02:15 AM, Apartamento 701, Calle Brills ln, poblado costero Brighton, Inglaterra:

Harry se estiró un poco, aún en medio del sueño agradable que estaba teniendo, y jaló las mantas un poco para cubrirse, buscó acurrucarse contra el calor del cuerpo de su novio, moviéndose a través de la enorme cama, hasta que ésta se terminó y lo siguiente que supo era que estaba con el culo en el suelo, la espalda adolorida, y que no había encontrado el calorcito agradable del cuerpo de su novio en la cama porque éste simplemente no estaba allí.

Confundido, se sentó lentamente y miró alrededor. Frunció el ceño por la habitación semioscura y vacía. Se puso en pie y buscó sus gafas de la mesa de noche, además de un suéter más grueso que lo abrigara, y salió en busca de su novio.

El departamento que compartían desde hacía ocho meses era espacioso, de techos altos y varias habitaciones. Con un golpe de varita encendió las luces del pasillo y fijó su mirada en “La Habitación”. Suspiró vencido, por el resquicio de la puerta se podía ver la luz encendida. Meditó entre averiguar qué pasaba o volver a la cama y dormir. Pero no tuvo que decidir, pues en ese momento la puerta se abrió de un golpe.

—¡Potter! —rugió Draco en cuanto salió de allí, traía un gran grupo de pergaminos arrugados en la mano y aquella mirada… Harry temblaba cada vez que Draco tenía aquella mirada y cuando lo llamaba por su apellido, cuando sucedían las dos cosas juntas entonces temía muchísimo más.

»¡Potter! —repitió Draco, mirando de arriba abajo a su novio —, qué bueno que despertaste al fin, ya iba por ti, tenemos trabajo que hacer.

—Oh, Merlín, no…

—Oh, Merín sí —rectificó Draco, frunciendo el ceño —A habido una actividad volcánica en Sudamérica, en Chile para ser más precisos, ¡a ocurrido hace ya cinco horas!

—¿Actividad volcánica? —masculló Harry, siguiendo a Draco de vuelta a la habitación.

—Sí, cinco horas, imagínate todo el tiempo que estamos perdiendo con solo esta charla sinsentido.

Harry se quedó quieto en el marco de la puerta, observando a su novio moviéndose por toda la habitación, a punta de varita había sacado aquel maletín de trabajo y ahora miraba en su armario, evaluando qué tipo de ropa llevar.

—Tu cumpleaños —recordó Harry —, tenemos la cena en casa de tus padres por tu cumpleaños y luego hemos quedado en ir a bailar a aquella exclusiva discoteca que tanto te gusta, ya sabes donde están los chicos en alto y…

—¿Mi cumpleaños? —preguntó Draco con una ceja arqueada, girando a mirar a Harry de manera asesina —¿mi cumpleaños, dices? ¡Es una explosión volcánica! ¿Sabes cuánto material, cuántos minerales…? —negó con la cabeza, impaciente de, después de haber dado la misma charla una veintena de veces, tener que volver a explicarle a su incompetente novio acerca de la utilidad y rareza de ciertos materiales, sobre todo los volcánicos —. Olvídalo, simplemente recoge tus cosas y prepárate para marchar.

—Pero Draco, cariño —dijo Harry de manera condescendiente, mientras se acercaba a él y ponía sus manos sobre los hombros —, es el fin de semana de tu cumpleaños, tenemos un montón de planes… Además ya tienes un montón de materiales e ingredientes para abastecer a todo Europa, tú mismo lo dijiste, no crees que es un poco exagerado querer correr por cualquier parte del mundo cada vez que escuchas de la exposición de materiales… Sacaste bastante material de Islandia hace poco más de un mes…

—¡Y pude sacar más si no fuera por el imbécil de Starrig! —replicó Draco —, no permitiré que esta vez se me adelante —concluyó, apartándose de su novio y sacando a golpe de varita un par de abrigos y algunas cosas más del armario.

Harry suspiró vencido.

Starrig era un recolector alemán de ingredientes para pociones, la misma profesión que tenía su novio, y durante los últimos dos años habían coincidido en más de un lugar alrededor del mundo, buscando exactamente lo mismo: conseguir ingredientes raros y costosos, para luego revenderlos o hacer pociones extremadamente caras y rentables. Draco y Starrig se odiaban a muerte, si no fuera porque el hombre era un tipo heterosexual de setenta años, Harry se hubiera puesto un tanto celoso recordando que en un inicio Draco y él mantenían ese tipo de rivalidad, primero en la escuela, luego en la universidad.

Harry sabía que no había nada que pudiera hacer. Si a Draco se le antojaba ir al Polo Sur para conseguir algún tipo de líquenes que son posibles de ver solo en la época más cruda del invierno, iría, con o sin él, y Harry quería demasiado a Draco como para permitir que fuera solo y corriera demasiados riesgos.

Dejó de lado el escalofrío que le recordaba su estancia en el Polo Sur y sacó del armario un maletín pequeño, metió algunas cosas de manera descuidada y esperó que no necesitara nada más para el viaje. Luego caminó de vuelta hacia “La Habitación”, con su maletín colgado al hombro y observó a Draco organizándose.

“La Habitación” era un lugar en el que Harry nunca entraba, lo máximo de acercamiento que tenía permitido era estar parado en la puerta, dentro todo era un laberinto de mapas parlanchines y coloridos que emitían distintos colores de luces, monitores con señales informativas de varias partes del mundo y un sinfín de cachivaches que Harry nunca terminaría de entender.
Draco golpeó una pared con su varita y un grupo de cajones salieron despedidos de la nada hacia afuera, Draco pareció perderse en un sinfín de papeles y carpetas de colores y Harry ya pensaba en si sería necesario iniciar una misión de rescate cuando el rubio emergió nuevamente, cargando un archivo delgado y viejo.

—Hace cincuenta y un años que este volcán ha permanecido inactivo… —explicó Draco, mientras volvía a camuflar los cajones en la pared —, en este momento está en una gran actividad, dentro de poco la columna de cenizas que esparza será tal que bloquearan los caminos muggles —continuó.

—Mmm —dijo Harry, solo por hacer algún ruido que indicara que seguía escuchando atentamente.

—Es necesario partir inmediatamente, seguramente Starrif se enterará pronto de esto y querrá poner sus manos sobre mi lava, pero no lo dejaremos, no señor…

—No, claro… claro que no —asintió Harry seriamente.

Draco volteó a verlo y entrecerró los ojos, seguramente dispuesto a reclamar acerca de las respuestas burlescas de Harry, pero en ese momento un resplandor azul sobre el escritorio que permanecía extrañamente vacío en comparación al resto del lugar, llamó su atención.

—Diez minutos, Harry.

Harry asintió y recordó que debía avisar a alguien siquiera de su marcha, sobre todo ese fin de semana en que era el cumpleaños de Draco y habían hecho tantos planes con sus amigos y los señores Malfoy.

Corrió hacia la sala de estar y tomó un poco de polvos flu. De la encimera de la chimenea tomó también una tabla pequeña, previamente preparada y la arrojó, luego de echar los polvos flu, a la chimenea entonando claramente la dirección de Ron y Hermione. No era la primera vez que marchaban de esa manera, es más, con Draco siempre tenían que salir de esa manera, y habían ideado esa forma de avisar que no tomaba demasiado tiempo y era bastante práctica. Sus amigos se encargarían ya de avisarle al resto de los cambios de planes.

—¡Cuatro minutos! —le llegó la voz de Draco desde el pasillo.

—¡Voy! —gritó Harry, corriendo hacia el pasillo, donde Draco ya lo esperaba con un traslador en forma de caja de chocolates finos en una mano y las escobas en otra, además de un maletín colgado al hombro.

Harry tomó una de las escobas en una mano y ambos se sujetaron de la caja color rojo y esperaron.

—Realmente espero poder estar en casa contigo para celebrar tu cumpleaños —dijo Harry, teniendo al menos un par de minutos libres de espera.

—También yo… —sonrió Draco, relajando su expresión.

Harry sonrió en respuesta, cuando Draco sonreía de esa manera, algo cálido parecía surgir de su pecho, y era esa sonrisa la que le recordaba el apasionamiento del rubio en cada cosa que hacía, como en este caso, la recolección de ingredientes.

—Al volver celebraremos —aseguró Harry.

Draco cambió su sonrisa de agradecimiento por una más sexy y el calorcito en el pecho de Harry se extendió hacia otras partes del cuerpo. Abrió la boca para replicar, pero entonces el jalón de su vientre lo tomó de improviso y se trató de sujetar lo mejor posible a la caja de chocolates, mientras el traslador empezaba el movimiento


Viernes 3 de Junio, 9:00 Pm, límite del Parque Nacional Puyehue, Chile

Harry soltó el aire lentamente, los traslados internacionales siempre lo mareaban un poco más que los traslados locales. Miró alrededor tratando de ubicarse, todo era humo, cenizas y mucha gente corriendo.

¬—A prisa, Potter –rezongó Draco, montando en una de las escobas y aplicando un hechizo de camuflaje sobre él y sobre Harry.

—Voy –respondió Harry, montándose también en su escoba.

Draco le sonrió y agitó nuevamente la varita, mientras se elevaba hacia el cielo, cada vez cargado de más y de más humo.

—Debemos darnos prisa, Harry, si no llegamos al centro pronto, nos será imposible colarnos; en un par de horas más, todo estará muy saturado de gases…

Harry dio un respingo sobre su escoba y agitó la cabeza como tratando de alejar esa voz, detestaba cuando Draco hacía ese hechizo, metiéndose de alguna manera en su cabeza.

—Odio que hagas eso –respondió Harry.

—Lo sé, cariño, pero no nos podemos andar gritando a estas alturas, y menos con todo esto en el ambiente… es más, deja de gritar, te vas a enfermar.

Harry entrecerró los ojos y miró hacia su novio, que cada vez se elevaba más y tuvo que darle la razón, lo correcto era hacer hechizos de protección para no respirar los gases del volcán y por supuesto no hablar demasiado.

—De acuerdo ¬–admitió, subiendo más a prisa para tratar de alcanzar a su novio.

Cuando finalmente lo alcanzó, ya estaban sobre los mil metros de altura. Harry tenía que reconocer que, dentro de todo lo mandón e impaciente que su novio era, ese tipo de trabajos le gustaban: volar a gran altura, esquivar columnas de humo y cenizas, algo de acción, no estaba mal para el dueño de una tienda de deportes mágicos y muggles.

Harry, como siempre, se situó delante de Draco para, de alguna manera, protegerlo, y siguieron ascendiendo un poco más, ya tan arriba el humo era muchísimo más denso y no había forma de mirar más allá de unos centímetros.

—Revisa tu altímetro, la cima del volcán está aún a los mil setecientos noventa y ocho metros –le indicó Draco, Harry asintió y luego miró hacia su altímetro.

—Mil trescientos quince metros –respondió, recordando que algunas veces, en situaciones de ese tipo, los altímetros que tenían en las escobas no daban los mismos resultados, según le había explicado Draco, y Hermione también cuando pidió su opinión, por la cantidad de magia que había en algunos de estos lugares y la fuerza magnética.

—Yo tengo mil doscientos noventa –masculló Draco –. Dame un minuto ¬–pidió.

Harry esperó pacientemente, bajando un poco la velocidad, a que Draco hiciera los nuevos cálculos y le indicara a qué altura realmente tratar de meterse al volcán, ya que con el humo, si se arriesgaban a entrar solo por instinto, sería posible que terminaran empotrados contra la dura piedra y muy lastimados.

—Cuando llegues a mil cuatrocientos tres, vira hacia el volcán –dijo finalmente Draco –Usaremos sólo tu altímetro, el mío está variando demasiado…

—Tal vez sería buena idea que lo mandemos a revisar
–meditó Harry en voz alta.

—Le diré a Neal que lo haga, no hay problema –aseguró Draco.

Harry emitió un gruñido, recordando al “maravilloso Neal”, aquel muchacho que se especializaba en adaptar escobas, arreglar altímetros y crear trasladores en medio minuto, Draco lo tenía por amigo desde hacía muchos años, pero a Harry no se le pasaba por alto las miradas que aquel muchacho le daba a su novio.

—Vamos, Harry, no gruñas, que te escucho –canturreó Draco con tono alegre.

—En el fondo te gusta que lo haga. Que gruña ¬–aclaró Harry, con un deje de fastidio. La respuesta que escuchó fue la carcajada de Draco y se sintió un poco más enfadado, pero no lo dijo, por el momento estaban ya cerca de la altura que Draco le había indicado y su novio se estaba acercando más a él para poder virar juntos.

—No responderé a eso. Haré ahora los hechizos de protección, trata de quedarte quieto —recomendó Draco.

—Claro, porque tú puedes quedarte quieto a más de mil metros de altura.

—¡Harry!
—protestó Draco impaciente. Harry no replicó, trató de mantener la postura y contuvo el escalofrío que sintió cuando una corriente de magia lo rodeó. Ahora Draco había activado el campo de protección. Aquel era un hechizo muy complicado de hacer, y normalmente Harry solo lo podía hacer en situaciones controladas. Era su novio el talentoso para hacerlo sobrevolando en una escoba a más de mil metros de altura.

¬—Tú dime cuando sea la altura –le recordó Draco un instante después.

—Dos minutos –anunció Harry, haciendo rápidos cálculos por la velocidad a la que volaban. El humo era cada vez más espeso y pese a los hechizos de protección que tenía encima, se sentía algo asfixiado.

Debes virar a la derecha, y luego dejarnos caer un poco, si no he calculado mal, lo cual es imposible, debemos caer justo al centro.

Imposible, eh… —se burló Harry. Esta vez fue él quien escuchó el gruñido de Draco, y no pudo evitar sonreír un poco.

Ahora ¬–advirtió a Draco, le dio una mirada de reojo para asegurarse que seguía con él y se lanzó hacia dentro y la derecha.

¡Caer, ahora! –le llegó el grito de Draco, y sintió una garra aferrándose a su brazo, mientras su novio lo impulsaba a bajar.

Te he escuchado ¬–gruñó Harry, tratando de soltarse de Draco, por lo difícil que era maniobrar así, pero entonces algo más sucedió, ambos terminaron chocando contra “algo” y perdieron el control de sus escobas, cayendo en picada hacia, lo que Harry, gracias a la experiencia ganada con Draco, pudo dilucidar, era lava caliente. Y por supuesto que también había aprendido que ellos, por más magos que fueran y más hechizos que supieran usar, no sobrevivirían a una caída sobre lava caliente.

—Textus delapsus sum –gritó con todas sus fuerzas, mientras agitaba la varita.

La distancia con la lava caliente, que cada vez parecía más cercana, de pronto se detuvo, y tanto él como tres personas más cayeron sobre una mullida tela, caliente por el efecto de la lava en ebullición.

—Merlín –jadeó Draco, usando su propia voz, mientras miraba alrededor y jalaba su escoba lo más cerca a Harry.

Heiliger Gott1 –exclamó una de las dos personas con las que habían chocado y caído.
Harry jaló a Draco más hacia el extremo de la tela que había creado, pegándose a las salientes de la pared, sabiendo que ésta no aguantaría, y miró resignado hacia las dos personas que se unian a ellos.

Warum muss ich immer habe ich mit diesem frechen Kerl zu finden?2 –replicó el hombre, abriendo un poco su acolchado abrigo por el calor, antes de darle la mano a una mujer, su asistente, que parecía estar en estado de shock.

—¡Yo no soy un muchacho engreido! –replicó Draco, Harry no le quiso decir que la verdad que si lo era, y que incluso había sonado como uno cuando habia replicado de esa manera, simplemente se limitó a observar la escena.

—¿Está bien Fräulein Assistent3 ? —preguntó el hombre, mirando hacia su asistente.

—Bien, bien —jadeó ella, mirando alrededor. Apenas dedicó dos segundos a observar a Harry y Draco, antes de seguir mirando hacia el interior del cráter dónde habían caído.

—Hay fisuras que están dejando salir la lava, pero no sabemos cuánto aguante, debemos ponernos a trabajar —dijo Draco, ignorando también a las otras dos personas.

—Debemos movernos, Draco, esta maya no va aguantar más tiempo —replicó Harry.

—Sí, hazle caso a tu novio y muévanse... A su casa —le dijo entonces el hombre, que no era otro que Starrif, con una mirada furiosa, mientras él mismo y su asistente se pegaban a las salientes de la roca.

—No. Nosotros llegamos primero —contestó Draco.

En cuanto Starrif empezó a contestar en alemán y Draco comenzó a replicar de la misma manera, Harry dejó de prestarles atención y miró alrededor, hacia el centro del volcán de donde la columna de cenizas parecía salir con más fuerza aún y hacia las paredes, negras y tenebrosas, daba la sensación de que en cualquier momento el volcán explotaría. Ni siquiera estaba seguro de cuánto tiempo más aguantaría la maya que había creado.

La asistente de Starrif observó a los dos hombres pelear y suspiró resignada, Harry la entendía, él se sentía igual.

Draco concluyó su discusión con Starrif de una manera muy airada y luego se dio la vuelta hacia Harry. Harry suspiró de alivio cuando Draco dejó de pisar la maya que había creado y se ponía, al igual que él, en las salientes rocas.

—Quédate quieto, voy a revisar tus hechizos de seguridad y comenzaremos a recaudar elementos y lava —le comentó, antes de empezar a mover la varita de arriba abajo, Harry se quedó quieto, observando hacia un lado, a unos metros Starrif y su asistente hablaban en rápido alemán. Harry pensó que bien le serviría aprender algún idioma más, tal vez para no estar tan perdido en discusiones como ésas.

—Tus niveles de seguridad están bien, estoy revisando los míos y…

Y entonces todo pareció moverse demasiado rápido para los ojos de Harry: un instante su novio estaba delante de él, explicando las cosas con aquel exasperante tono suyo, y al siguiente, todo el volcán estaba temblando y moviéndose, las cenizas estaban ascendiendo con más fuerza y derrumbando donde antes habían estado parados su novio, el profesor Starrif y su asistente. Por instinto Harry se pegó más a la pared, a la espera de que algo más sucediera, pero, tal como había empezado, el movimiento se había detenido.

Le tomó solo un instante más darse cuenta…

—¡Draco! –gritó, aún pegado a la pared, tratando de distinguir entre toda aquella columna de cenizas y calor, algún rastro de su novio o de las otras dos personas que habían estado con él.

Luego de gritar por un buen rato, se detuvo porque la garganta le ardía demasiado, los ojos, pese a la protección de los lentes, le picaban y estaban llorosos, y sentía su piel ardiente. Sin los hechizos de Draco, no tenía oportunidad alguna.

Su corazón latía con mucha fuerza, golpeaba su pecho como queriendo escapar, queriendo saltar al fondo de aquel volcán, en busca de su novio… Pero la razón se impuso, haciéndole ver que saltando al fondo del volcán no conseguiría más que su propia muerte. Draco no era tonto, ni siquiera el profesor Starrif o su asistente lo eran, si estaban allí era porque sabían cómo sobrevivir en situaciones extremas. Solo necesitaba respirar, calmarse y trazar un plan de rescate.

Si algo había aprendido en el último año y meses que llevaba de novio de Draco, era sobre volcanes y sobre algunos fenómenos naturales. Y también sobre qué es lo que pasaría en esos casos. Lo primero que hizo fue crear los hechizos básicos de seguridad para no intoxicarse con los vapores y gases que el volcán producía, lo cual le tomó el doble de tiempo de lo que normalmente le tomaba a Draco. Luego sacó del bolsillo un pequeño artilugio de aquellos que el odioso de Neal creaba y le apuntó con su varita, tras tres movimientos que él pensó que eran demasiado complicados, surgió una cabina de madera. Harry frunció el ceño un poco, era bastante pequeña, podrían caber los cuatro, pero... muy apretados. Ya se imaginaba a Draco refunfuñando por tener que ir junto al profesor Starrif y sin suficiente espacio para respetar espacios personales.

Decidió pensar luego en aquellos problemas mínimos y se subió a la cabina. En el momento en que puso un pie dentro, la cabina se cerró y aisló cualquier sensación de calor y de gases tóxicos, al menos eso lo ayudaba a pensar.

Draco le había dicho que durante la erupción de ese volcán debía evitar el centro, pues la lava aún no estaba saliendo y lo único que había eran columnas de humo que nublaban la vista.

Si Draco estaba bien, como debía de ser porque no se imaginaba un panorama diferente a ese, debía haberse puesto en una de las paredes del este, tal como habían acordado antes, marcaría la roca con un verde muy brillante y esperaría por Harry. Lamentablemente Draco, había caído y le sería imposible subir en la cabina similar que tenía, ya que no podía trazarse un camino de retorno sin correr riesgo de morir calcinado o estrellado contra algún muro.

Harry iluminó con pequeñas esferas de luz el interior de la cabina y empezó a descender lentamente, conforme avanzaba podía ver la piedra oscura, sin señal alguna de rescate, y las columnas de cenizas bordeaban la cabina, e incluso en algunos momentos la hacían tambalear. Harry podía ver hacia abajo la llama de lava ardiente a la que se aproximaba y empezaba a impacientarse.

No fue sino hasta cuando faltaban solo unos metros para llegar a la altura de la lava y empezaba a asustarse, que vio en el lado este del cráter una marca verde brillante, pero Draco no parecía estar cerca.

Asustado a más no poder, llevó la cabina hasta la altura de la marca y sin pensarlo mucho saltó hacia el exterior, el calor era realmente asfixiante, y apenas en unos segundos fuera sintió su cuerpo empaparse de sudor. Movió la varita a su alrededor, reforzando una vez más los hechizos de seguridad y luego estudió el rededor.

—¡Draco! –empezó a llamar, amplificando su voz y caminando pegado a la pared, hasta que lo descubrió: un agujero por el que entraba una persona agachándose un poco, miró hacia el interior y vio la misma marca verde brillante en el fondo.

—¡Draco! –llamó nuevamente, tratando de amplificar su voz, mientras entraba en la cueva lentamente, aparentemente solo era eso, sin embargo, casi llegando al final pudo ver como el camino se dividía en dos partes, pero solo una tenía otra pequeña marca verde.

¿Sería posible que a Draco lo hubieran secuestrado y llevado a rastras? La última marca de pintura era apenas un roce casi inexistente y eso significaba que Draco no había tenido mucho tiempo para hacerlo o que temía que la pintura se le acabara y podría necesitarla en el futuro.

Con cada vez más temor, siguió avanzando por el camino que Draco le había trazado, en una cueva silenciosa y oscura, con el piso irregular. Se preguntó si es que el profesor Starrif estaría con él y si es que aún seguirían discutiendo en duro alemán.

Con forme avanzaba, sentía que el aire se iba acabando y que era mucho más difícil avanzar, pero no había nada que lo pudiera detener. Debía encontrar a Draco y ponerlo a salvo, era lo único que tenía en la mente.

Cuando parecía que el camino acababa nuevamente, encontró lo que parecían más marcas verdes brillosas, y estas se perdían en mitad del suelo. Anduvo lento hasta la última de estas y descubrió un agujero enorme en el suelo. De no haber estado las marcas probablemente no lo hubiera notado.

—¿Draco? –llamó una vez más, iluminando hacia el fondo, pero era imposible ver el final.
Dos minutos después, ya bajaba, ayudado de un par de hechizos que convertían una soga en una escalera colgante y sin fin.

El camino de bajada se le hizo muy largo, no había forma de que pudiera calcular cuánto tiempo iba, es más, por un instante le dio la sensación de que no avanzaba más, que estaba congelado en un espacio indefinido del tiempo, hasta que unas gotas de pintura verde brillante volvieron a llamar su atención. El temor de que Draco hubiera sido secuestrado le dio nuevas energías para continuar.

Cuando sus pies por fin tocaron fin, o al menos eso le pareció a él, sus botas se hundieron en una sustancia fangosa y lodosa, temió sumergirse pero no llegó más allá del tobillo. Haciendo un gran esfuerzo por moverse, miró alrededor con la luz de la varita encendida. Aquella cueva era húmeda en extremo, tenía extrañas plantas pequeñas y de color rojo adheridas a las paredes. Seguramente Draco, Neville e incluso Hermione hubieran podido reconocerlas, pero él, a quien la herbología se le daba tan bien como las runas, no tenía ni idea de si eran buenas o malas, así que simplemente decidió mantenerse alejado de ellas. Caminó, sin pegarse demasiado a la pared hasta que encontró un agujero como para que alguien pasara gateando, la pintura verde en el interior le dio la luz para continuar.

Luego de muchas horas más de camino, entre las cuales había tenido que gatear entre túneles, arrastrarse por una cueva, pensando que en cualquier momento el camino quedaría cerrado y quedaría atrapado allí de por vida, la visión de plantas de lo más extrañas e incluso haber tenido la sensación de estar cerca de un río demasiado sonoro, el camino lo llevó hasta una entrada cubierta de hojas largas y pesadas, nuevamente una insignificante marca de pintura fue lo que lo llevó a extender la mano y apartarlas.

Lo que encontró lo dejo extasiado. En un primer momento tuvo que entrecerrar los ojos por la gran cantidad de luz que había. En cuanto su visión pudo ser más nítida vio lo que se podría considerar un paraíso perdido. Había frente a él un gran bosque, al fondo de él se podía ver una gran cantidad de árboles enormes, con hojas de colores muy vistosos y alegres. Un río con un gran caudal, en el cual podía ver pequeñas canoas de colores moviéndose. En las riveras del río habían algunas personas bajo la protección de coloridas sombrillas, todos parecían muy contentos, incluso pensó escuchar algún tipo de música.

Sacudió la cabeza desconcertado. ¿Había caído en algún pueblo mágico tan bien oculto que ni siquiera figuraba en los mapas que Draco le había enseñado en un inicio cuando habían partido hacia el volcán? ¿Sería acaso que Draco había caído por casualidad en el camino de ese pueblo y estos, pensando en conservar su secreto, se lo habían llevado para silenciarlo? Las probabilidades eran, según su parecer, infinitas. Miró hacia su reloj de pulsera y descubrió que ambas agujas, la de minutos y la de las horas, estaban señalando las doce. Su reloj se había detenido. Pensó también que seguramente no era seguro estar de pie en la entrada de un pueblo que probablemente era agresivo, exhibiéndose para que notaran su presencia.


Se agazapó entre las plantas largas de la entrada y observó sus posibilidades: Había un camino de escaleras de piedra que descendía hasta el inicio del bosque, el cual descartó inmediatamente por ser tan notorio; había también un pequeño puesto de madera que parecía levitar varios metros a la derecha, no entendía lo que decía, pero sí veía la figura de una escoba flotando, lo que le deba a entender que allí alquilaban o vendían escobas para descender. Definitivamente ninguno de los dos era una buena opción.

Tomó una bocanada de aire y se puso en marcha, lo primero que hizo fue un hechizo de camuflaje, para poder pasar de ser percibido, y luego, apretando un poco los dientes, se dejó resbalar por la colina, llena de plantas, muchas de ellas espinosas y que incluso le hacían arder y picar la piel.

Llegó al final de la colina para encontrarse con un amplio campo verde, entonces pudo distinguir algo que no había notado estando arriba, tal vez por algún hechizo de protección, la rivera izquierda del río estaba a pocos metros de una gran construcción, en cuanto a tamaños, podría decir que era como el castillo de Hogwarts, solo que este era más alto y delgado, sus paredes parecían brillar en medio de tanto color. Era un edificio moderno, como los que veía en Londres muggle.

Se preguntó si aquel no sería el lugar donde Draco podría estar.

Alrededor suyo habían varios grupos de chicos y chicas, en bañadores, jugando a la orilla del río, y otros tantos trepados en las canoas, compitiendo entre ellos por avanzar más rápido, mientras el río, que parecía tener vida propia, subía y bajaba sus aguas tratando de hacerlos caer.

Definitivamente no parecía un sitio peligroso. Es más, se preguntó dónde es que estaban todos los adultos, ya que esos chicos no parecían tener más de diecisiete años.

Y entonces uno de ellos, pese al hechizo de camuflaje, pudo notar su presencia. Harry no se hubiera dado cuenta si no fuera porque lo señalaron, ya que todos hablaban en una lengua que no entendía. Uno de los chicos lo señaló y luego otro y otro más, inmediatamente después se veía rodeado de un grupo de chicos y chicas, todos en bañador, saltando y hablando a la vez, apenas y entendió su propio nombre.

El defenderse de niños de tan pequeña edad no era algo que lo hiciera sentirse muy orgulloso, además que debía considerar que ellos ni siquiera lo estaban atacando, solo rodeándolo y hablando todos a la vez, como le ocurría algunas veces cuando salía a las calles del mundo mágico de Reino Unido.

Su hechizo de camuflaje perdió fuerza y se sintió cada vez más asfixiado, hasta que una voz mucho más grave, la voz de un adulto, pareció detener el griterío anterior.
El grupo de chicos que estaba a su alrededor se aflojó un poco, entre murmullos y gestos de fastidio, mientras un hombre alto y de cabello negro azabache, se acercaba caminando con rapidez, lucía una túnica azul claro y tenía los ojos tan oscuros como el cabello.

—Señor Potter, me imagino –dijo en tono amable, hablando lentamente.

—¿Quién es usted? ¿Qué es este lugar?

—Ah, sí, señor Potter, imposible no reconocerlo, su rostro es conocido en esta parte del mundo también –continuó el hombre, ignorando las palabras de Harry.

Entonces dijo algo que Harry no entendió hacia los chicos y estos, más molestos aún, se alejaron, pero aunque volvieron a la rivera del río, que también se había calmado aparentemente durante el alboroto, no le quitaron la mirada de encima.

—Disculpe, pero… ¿me podría explicar qué está pasando aquí?

El hombre lo miró un largo momento, y luego asintió.

—Claro, claro, una explicación. Va a disculpar usted, mi inglés no es muy perfecto –le comentó el hombre, con una sonrisa, mientras extendía una mano, indicándole un camino a seguir rumbo al gran edificio que había visto Harry.

—No hay nada que disculpar, pero… —respondió Harry, empezando a hartarse un poco de que no le dieran una respuesta.

—Explicación, sí –asintió el hombre, ampliando su sonrisa –Mi nombre es Carlos Hernández, soy el director de la escuela y…

—¿Escuela? –interrumpió Harry, sorprendido.

—Somos una de las tres escuelas de magia y hechicería de Chile, muy reconocidos en el mundo –explicó el hombre con un poco de fastidio —, somos la escuela Caulle, pensé que nos había reconocido por el bosque y el edificio moderno…

—Yo… Estoy buscando a Draco Malfoy, ¿no lo ha visto usted? Es un chico rubio, de ojos grises, un poco más alto que yo y…

—Oh, el señor Malfoy, por supuesto, otra cara conocida que ha caído con nosotros este día… parece un día lleno de sorpresas…

—¿Ustedes lo tienen? –preguntó Harry, el señor Hernández frunció el ceño, como si no comprendiera la pregunta y Harry se corrigió —, es decir, ¿ustedes se encontraron con él? Lo estoy buscando y…

—Ahhh sí, sí, nos comentó que probablemente caería por aquí, por eso yo lo estaba esperando en la entrada de la escuela, pensamos que se dirigiría hacia aquí en un inicio, pero mis estudiantes, que no esperaban verlo a usted hoy, se han adelantado al recibimiento… debe disculparlos, sus aventuras son tan conocidas en esta parte del mundo…

—Oh, eh… gracias –Harry, que siempre lograba sentirse incómodo ante ese tipo de admiración, trató de cambiar de tema a uno que le importaba mucho más —, entonces Draco…

—Cierto –el director soltó una risita antes de girar su varita en el aire, frente a las puertas transparentes de la entrada del edificio, en el instante estas se volvieron como una cascada de agua, que ambos atravesaron, para ingresar a un edificio de paredes claras, con estandartes de diversos colores y escudos, techos altos en los que se podía ver un cielo tan azul como el exterior, y letreros luminosos que hablaban cuando pasabas delante de ellos. Harry deseó saber también español, para comprender lo que éstos decían.

—El señor Malfoy ha tenido a bien enseñarnos unas cuantas cosas mientras permanecía aquí, es una persona muy amable, lástima que el señor Starrif y su asistente sean tan diferentes, supongo que también tenían algo que enseñarnos si hubieran querido… –suspiró el hombre.

—¿Dice que Draco les está enseñando un par de cosas? –preguntó Harry, a lo que el director Hernández asintió —¿desinteresadamente? –cuestionó incrédulo Harry.

—Así es. Está en nuestra sala de pociones, en el tercer piso, si me sigue le indicaré el camino.

—Es usted muy amable. ¿Y cómo es que Draco llegó hasta aquí?

—Ah, verá, tengo tres estudiantes que son muy curiosos, no sé porqué siempre tienen que meterse en líos –suspiró el hombre, Harry sonrió, recordando a Hermione, Ron y él durante la escuela —, ellos pensaron que sería buena idea ver de cerca la erupción del volcán, pese a que tenemos una sala de observaciones destinada para eso, y que está en este momento abarrotada de estudiantes que también son curiosos, pero mucho más responsables… Estos tres alumnos pensaron que sería buena idea tomar prestado y sin avisar uno de los vehículos que tenemos en la sala de transportes y trasladarse hasta la entrada oeste, por donde se sale hacia el volcán, fue allí que se encontraron con el señor Malfoy, o por lo que ellos comentan, fue el señor Malfoy el que los encontró, a punto de caer al volcán y sin saber cómo protegerse del calor… Debo admitir que tendré que dar una repasada a los temas que el profesor de protecciones está enseñando, no saber protegerse en un volcán es algo que lo deja muy mal parado. Su querido amigo el señor Malfoy los rescató de lo que probablemente era una muerte segura y luego ellos decidieron traerlo hacia aquí.

—¿Draco los salvó? –Harry inclinó el rostro, asombrado.

—Excelente mago, excelente mago –admitió el director Hernández, girando en el pasillo del tercer piso y abriendo una puerta de madera.

El interior era un salón enorme, con grandes ventanales hacia el bosque de árboles grandes, que a Harry le parecieron mucho más cercanos que antes, en el fondo de este salón, en una especie de atrio, estaba Draco, frente a un gran caldero, moviendo la varita con gran concentración, susurrando palabras, mientras un grupo de chicos de aparentemente dieciséis años, lo miraban embelesados.

—Y aquí está su amigo, que tan amablemente nos está deleitando con una clase gratis de pociones –Hernández miraba a Draco con la misma admiración que los chiquillos de dieciséis años. Harry sonrió un instante, al saber por fin que Draco se encontraba en perfecto estado, aunque inmediatamente después, el alivio fue reemplazado por otro sentimiento, uno menos alegre: la rabia. Allí estaba Draco, jugando a las pociones, mientras él había tenido que, durante horas de horas, meterse por túneles y pantanos, para encontrarlo…

—¡Harry! –sonrió Draco en cuanto notó su presencia.

Harry entrecerró los ojos, más molesto aún y avanzó hasta el atrio, en compañía de Hernández, y los alumnos que antes miraban a Draco embelesados, ahora lo miraban a él de la misma manera

—¿Sabías que aquí también eres muy conocido? –le preguntó Draco, como si no hubiera estado perdido durante horas o como si no hubiera razón para estar preocupado.

—¿Porqué viniste aquí en lugar de quedarte en el volcán, de acuerdo al plan? –interrogó Harry en un siseo, los niños permanecieron mirándolo.

—Porque no voy a perder esta maravillosa oportunidad de conocer y dar a conocer ingredientes –explicó Draco, encogiéndose de hombros.

Harry apretó los labios, cosa que hacía solo cuando estaba muy molesto… mucho más que molesto, furioso, tan furioso que ni siquiera Draco y su constante forma de minimizar los ataques de rabia de Harry, podía ignorar.

—Eh… bueno, niños, creo que por hoy es suficiente… Harry necesita descansar y…

—Claro, claro –asintió el señor Hernández con rapidez, percibiendo también la molestia en Harry –. La habitación que le comenté ya está lista, si me siguen, podrán darse un baño y descansar un poco antes de la cena…

—¿Cena? –preguntó Harry, sintiendo uno de sus ojos empezar a latir peligrosamente.

—¡Cena! –replicó Draco, tomándolo de un brazo y haciéndolo bajar del atrio, mientras hacía gestos de despedida a los chicos –, no negarás que no estás cansado después de tanto camino y…

—¿Tanto camino? Draco no tienes idea de…

—¿Por qué no me lo cuentas en la habitación?

—¿Habitación?

—Hay una tina de agua caliente, una cama blanda y paz para descansar un poco, antes de la cena.

—Sí, pero…

—Además, podremos estar solos –le dijo Draco al oído, Harry miró a Draco y luego al señor Hernández, que iba unos cuantos pasos delante de él.

Draco arqueó una ceja de manera insinuante, y luego se adelantó para caminar junto al señor Hernández. Harry los escuchó hablar en rápido español y se sintió un poco más enfadado. Él no tenía deseos de quedarse allí para cenar, ni para que un grupo de niños lo miraran de esa manera, lo que quería era, después de tanto susto, poder regresar a su casa, meterse en la tina de agua caliente y luego en su cama, donde había estado durmiendo muchas horas antes de que el frio lo despertara y descubriera que un volcán había hecho erupción.

La habitación que les habían preparado era grande y con ventanales que también daban hacia el bosque que Harry había visto a lo lejos, en esta ocasión los árboles parecían mucho más distantes que en la sala de pociones. Una gran cama estaba al centro, sin doseles ni cortinas, con las sábanas y cobertores blancos, a un lado una puerta, color claro también, llevaba seguramente al baño y otras puertas, estas oscuras, que eran el armario.

—Serviremos la cena a las ocho, espero que encuentren el camino, sino, seguramente que más de uno de nuestros alumnos estará encantado de mostrarles la forma de llegar a nuestro comedor.

—Eso sería genial, no queremos perdernos nuevamente, ¿verdad? –preguntó Draco alegremente hacia Harry.

—Claro –gruñó Harry, esperando ansiosamente que el señor Hernández se marchara para aclarar ciertas cosas con un rubiecito engreído.

—Bien, entonces… nos vemos a las ocho –aseguró el director Hernández, pareciendo percibir la molestia de Harry en su voz y tal vez dudando si es que era seguro o no dejar a Draco a solas con él, pero Draco sonrió de manera encantadora y eso pareció convencer al director.

—Muy interesante este lugar, ¿no crees? –preguntó Draco, en cuanto la puerta estuvo cerrada.

—Lo más interesante de todo es el camino para llegar –aseguró Harry, mientras abría las puertas del armario, sólo por hacer algo con las manos.

—De regreso nos darán un vehículo, llegaremos en quince minutos.

—¿Quince minutos? ¿Sabes cuánto tiempo tuve que andar para encontrarte?

—Por lo menos unas dieciséis horas –afirmó Draco.

—¡Dieciséis horas! —rugió Harry —, y el niño aquí bien contento, jugando a las pociones.

—Hay tantos insultos e incongruencias en esa oración, que ni siquiera pienso responder —opinó Draco, mirando de manera engreída a Harry.

—¿No piensas responder? —preguntó Harry, cada vez más enfadado.

—Por supuesto que no, obviamente estás ofuscado por el largo camino que has tenido que hacer y por la falta de alimento y de sueño. Es más, deberías tomar una ducha y luego descansar para que tu mente se aclare.

—¿Qué debería qué?

—Tomar una ducha y luego descansar para que tu mente se aclare.

Harry se encontraba en aquel momento en el que una sola palabra podría hacerlo estallar.

—Es porque seguramente no has comido nada en todo este tiempo. Cuando no cometes te comportas un poco… cavernícola.

Y entonces eso fue lo que hizo que Harry estallara.

—¿Cómo te atreves? En medio de la madrugada tenemos que viajar al otro lado del mundo, hacia un volcán –acusó Harry, caminando hacia Draco, señalándolo con el dedo índice y haciéndolo retroceder — , un volcán que además está haciendo erupción y que es peligroso, sólo porque tienes el capricho de conseguir más y más ingredientes para pociones. No contento con hacer que te persiga como si fuera simplemente un pelele, caes dentro del volcán y en lugar de ser un poco considerado y esperar a que te encuentre, o tratar de encontrarme, te vas de paseo con unos niños porque te pueden traer a esta escuela donde seguramente hay algo que deseas ver o conseguir –Draco emitió un quejido cuando su espalda dio contra la pared y el dedo de Harry se hundió en su pecho

—Creo que estás…

—¡No me digas que estoy exagerando! –rugió Harry, sin poder creer que aún así Draco replicara.

—Harry…

—A veces pienso que me usas a tu antojo, y que en el fondo no te interesa para nada lo que siento o pienso –concluyó Harry, apartándose de Draco y, obviando que realmente necesitaba una ducha y un descanso, salió de la habitación hacia el iluminado pasillo.

Demoró cerca de una hora en llegar de vuelta hacia la salida del edificio, y caminó hacia el bosque con aquellos árboles enormes que parecían cambiar de tamaño. Cuando por fin llegó al bosque, se sintió contento de haber podido pasar de ser percibido entre todos los niños, la sombra de los árboles no le dejaban ver ya la luz del sol, que cada vez se hacía más pequeña, augurando seguramente el atardecer, así que encendió la varita y anduvo dando vueltas hasta que encontró un buen claro donde sentarse.

No bien se pudo sentar, se dio cuenta de lo agotado que estaba, y se acomodó en el pasto que se sentía súper bien, al no estar húmedo ni frío. Inmediatamente se quedó dormido.


***



TBC...